Un latido débil, otro más, parecía
que su corazón se detendría en cualquier momento, su cuerpo yacía sobre los
brazos de aquel extraño hombre, no le conocía, pero sabía que su rostro
quedaría grabado en su mente hasta exhalar el último suspiro de vida. A pesar
del fuerte mareo logró mantener sus ojos semi abiertos, aunque su vista se
nublaba a cada instante más y más, la opresión en su pecho era peor que fuertes
golpes que le robaban el aire, pero se encontraba tan frágil que no podía
moverse ni un poco, su cuerpo no le obedecía de ninguna forma.
¿Cómo
había sucedido esto?
El día
estaba por terminarse cuando decidió salir a dar un corto paseo cercas de su
hogar, en el transcurso de su camino sacó un cigarrillo de su chaqueta para
pronto llevarlo a sus labios, encenderlo y comenzar a fumar tranquilamente,
mientras seguía su andar. Mil pensamientos le vinieron en aquel momento, ¿Por
qué esta aquí? ¿Hacia dónde iría de ahora en adelante? Su situación jamás le
pareció tan confusa, su propia existencia lo era. Lo único que de verdad quería
era verle una vez más, pasara lo que pasara sólo quería tenerlo frente a sus
ojos, era su única meta.
Estuvo
tan distraído de sus acciones por prestar mayor atención a sus pensamientos,
que no notó cuando es que se había alejado demasiado de su hogar; miró al cielo
por unos cuantos segundos ya era demasiado tarde, la iluminación artificial era
el único medio que le permitía ver. Comenzó a devolver sus pasos, no estaba muy
seguro de su paradero ya que se encontraba un poco desconcertado, pero no
dudaba en que pronto daría con algo conocido.
En su
trayecto pasó frente a un callejón del cual procedía un aura extraña, no sabría
cómo describirlo fielmente, pero al estar tan cercas se sentía fuertemente
atraído como el imán lo hace con algunos metales, antes de acercarse más miró
intentando encontrar algo que estuviese fuera de lo común, pero la luz de los
faros no alcanzaba de buena forma aquel espacio.
El
viento sopló trayendo consigo un dulce y suave aroma proveniente de aquel
lugar, amaba todo aquello que fuera dulce, era una de sus grandes debilidades
así que sin pensárselo de nuevo caminó hasta el callejón. Fue grande su
sorpresa el ver a un chico hasta el final de aquel corredor sin salida, en su
mente pensó en hacer una pequeña reverencia, disculpase y finalmente marcharse,
pero su cuerpo actuó con mente propia y siguió caminando hasta que estuvo
frente a frente del otro.
No
pudo dejar de mirarle directo a los ojos en todo momento, era como mirar
profundas lagunas, profundidades en las que se guardaban celosamente secretos
inalcanzables. En una rápida mirada recorrió por completo el cuerpo ajeno,
tenía que ser honesto consigo mismo, no era tipo de hombre que le atraía
irremediablemente, pero ¿Por qué no podía evitar mirarle? ¿Por qué su cuerpo no
le obedecía? No lo sabía.
Parecía
como si nada más estuviese a su alrededor, sólo quería seguir mirando aquellos
ojos, eran hipnotizantes, por un momento pensó que si seguía mirando en ellos
encontraría a el hombre que tanto había amado, debía estar ahí. Se perdió en
ellos a tal manera que no notó la cercanía del otro hasta que este posó su mano
en su mejilla derecha.
El
frío tacto de aquella mano le devolvió un poco al momento, a pesar de su primer
estremecimiento ante aquel suave roce no sentía algún tipo de rechazo a su
toque, es más se quedó quieto esperando las acciones del hombre que era sólo un
poco más bajo que él.
Sin
saber exactamente porque lo hizo, inclinó su cabeza a la izquierda dejando
descubierto su cuello, aún ahora encontró difícil apartar su vista de aquellos
ojos. Se estremeció por completo al sentir el aliento del otro sobre su piel,
un casi inaudible gemido salió de sus labios, el propio ritmo de su corazón y
respiración aumento, cualquier cosa que el otro iba a hacerle, quería con desespero
que lo hiciese ya.
Había
cerrado los ojos, pero fue consciente del justo momento en que los colmillos
del otro rompieron la delgada capa que era su piel, la placentera sensación que
le provocó cuando estos penetraron por completo en su cuello era indescriptible.
De momento sus piernas flaquearon, tuvo que sostenerse de los hombros ajenos
para no caer; sabía que estaba succionando su sangre y aunque por dentro estuviera muriendo de
miedo no deseaba por nada del mundo que parara de hacerlo. En toda su vida no
conoció placer que se le igualara a este, era un ardor y estremecimiento que no
sólo recorría su cuello, sino su cuerpo por completo.
Mordió
su labio inferior intentando reprimir un par de quejidos por el placer y dolor
que comenzaba a formarse en su pecho, cada segundo que pasaba su respiración se
dificultaba, y los golpes sobre su pecho se hacían más y más constantes
robándole la energía y vitalidad. Sus ojos se abrieron débilmente para ese
entonces su vista comenzaba a nublarse, los objetos se multiplicaban y se
volvían uno de nuevo constantemente. Poco a poco su cuerpo perdía fuerza se
desvanecía, el airé le faltaba cada vez más, era como si sus pulmones se
contrajeran a tal punto de no permitir la entrada de aquel vital elemento que
tanto necesitaba.
Un
escalofriante frío le recorrió desde la punta de los dedos de los pies hasta la
última célula de su cuerpo, el cual estaba adormecido, pronto no tuvo la fuerza
suficiente para seguir sosteniéndose del otro, sus brazos cayeron a sus
costados. Comenzó a tener sueño, conforme el ritmo de su corazón se disminuía
el sueño le reclamaba con mayor fuerza. Pero sabía que si dormía jamás volvería
a despertar y aún no estaba listo para el sueño eterno, tenía que verlo, una
vez más… sólo… una… vez…
En un
esfuerzo extraordinario levantó su mano derecha, con esta intentó tirar de la
ropa del otro para detenerle, pero sólo consigo agarrarse de la tela de esta y
aunque intentó tirar de ella su fuerza le había abandonado por completo.
-
Dete… Detente… - fue un débil susurró, pero
había sido alcanzado por el otro – No debo… morir… no ahora –
A
pesar de sus palabras aquel continuó succionando su sangre, no quiso cerrar por
completo los ojos, el momento en que lo hiciera sería su fin, el no quería
llegar al final, se aferraría a su últimos segundos de vida lo más que pudiera.
Tenía que verlo de nuevo, se repetía insistentemente en su mente.
No
podía abandonar el mundo, no sin ver sus hermosos ojos de nuevo, su dulce y
cálida sonrisa, sentir su suave y amoroso tacto sobre su rostro. Pudo recordar
el doloroso momento en que su dulce amor había partido, aquel hermoso beso que
había dejado sobre sus labios justo antes de partir. Como se alejaba hasta que
su silueta desapareció entre los árboles. El recuerdo de cada una de sus
lágrimas, de los años de soledad, la ausencia de sus padres ¿Su madre estaría
orgullosa de él? Ese par de cosas nunca las sabría y eso le dolía, pero hace
años que lo había asimilado, pero no volver a verle a él, era algo que se
negaba a asimilar.
De un
momento a otro su cuerpo yacía sobre el suelo y el desconocido estaba a su lado
mirándole fijamente, él mismo ya no tenía ninguna fuerza, sus ojos se mantenían
semi abiertos, sólo por aquella aferrada esperanza. Podían encajarle una navaja
en el pecho en ese instante y no sentiría nada, era como si su alma le hubiese
abandonado, era sólo un cuerpo inerte sobre un solitario callejón.
-
Entonces… ¿Quieres aferrarte a tu existencia? –
Su
atención se centró de inmediato en el dueño de aquellas palabras, no podía
creer que aún su voz poseyera ese dulce hipnotizante, ante esa pregunta sus
fuerzas sólo le dieron para asentir con debilidad. El hombre no dijo más cuando
rasgo con sus colmillos las venas de su muñeca derecha, y la acercó hasta sus
labios. Dudo un poco antes de atreverse a acercarse más, pero cuando la primera
gota de sangre hizo contacto con su lengua las dudas se disiparon. ¿Cómo
diablos podía la sangre saber tan dulce? Era lo más delicioso que había
probado, comenzó a succionar la sangre como si de un dulce se tratase, cada
gota llenaba el vacio de su cuerpo.
Pudo
sentir como la sangre del otro recorría sus venas una a una, nutriéndolas de
una sensación maravillosa, infinitamente maravillosa, ahora sabía que no
moriría ¿A qué costo? Esa era la pregunta. La respuesta a aquella pregunta era
lo que menos parecía importarle, una vez recuperado un poco de fuerzas tomó
suavemente la muñeca contraria acercándola más a sus labios, bebiendo la mayor
cantidad de sangre posible, si ese fuera su alimento diario jamás se cansaría
de este.
De un
momento el otro apartó su muñeca, y él de sus labios dejó salir un quejido
reclamando, pero su cuerpo estaba demasiado extraño que no supo como
levantarse, una fuerza superior le retuvo sobre el suelo. La sangre recorriendo
sus venas no sólo era deliciosa y placentera, sino que ardía y quemaba de una
manera que nunca antes había sabido que la sangre pudiera hacerlo.
Aquel ardor leve que le
comenzó a provocar el recorrido de la
sangre ajena, cada vez era más intenso, era como si aquel liquido se
encendiera dentro de sus venas y las quemara hasta volverlas ceniza. No pudo
evitar soltar varios quejidos de dolor, su piel recibía toques como si fueran
constantes picaduras de abeja, uno tras otro sin descanso.
De
nuevo le volvían aquellos terribles golpes contra su pecho, principalmente
sobre su corazón al tiempo que sus pulmones se contraían de nueva cuenta al
ritmo de los ataques contra su corazón.
¿Se
había adelantado al pensar que no moriría? Alcanzó a formular en su cansada y
constantemente bombardeada mente, ya que un intenso dolor se había formado en
su nuca y de a poco fue subiendo apoderándose de toda su cabeza.
La
mezcla de tantos embates contra su cuerpo le hacía retorcerse irremediablemente
sobre aquella superficie. Los movimientos de su dolorido cuerpo pronto se
convirtieron en convulsiones, con el pasar de los segundos los achaques contra
cada parte de su ser se sumaban.
En un
comienzo, fueron sólo sus venas, luego su pecho, pulmones, cabeza, le siguió su
estomago y cada órgano vital, cada célula hasta que parecía que una a una iban
muriendo en un lento y doloroso proceso. Esto era mucho más tortuoso que la
muerte que le había comenzado a reclamar en un principio. Después de que las
convulsiones pararan intentó adoptar la postura que los fetos guardaban en el
vientre de sus madres, pero apenas podía tocar su estomago y recoger levemente
sus piernas.
Los
jadeos dolorosos no paraban de salir entre sus labios, al igual que varias
lágrimas descendían de sus ya bastante pálidas mejillas. Era preferible una
muerte rápida y sin rastros de dolor, muchas personas soñaban con dormir y no
volver a despertar, pero al parecer él no tenía derecho ahora a esa opción,
antes de morir sufría peor de lo que en vida.
Por un
momento pensó que era la última lección que recibiría, que incluso en el mundo
había dolores más fuertes y asfixiantes que los que había padecido por la
muerte de sus padres y la partida de su amor. Eso debía ser, aquel hombre le
estaba mostrando lo que era en verdad sufrir. Pero pronto pensó que en tal
estado ya se encontraba desvariando, seguramente era eso. Su cuerpo se hallaba
ya bañado de sudor, parecía tener fiebre, su piel entera ardía.
Hace
rato sus ojos se habían mantenido cerrados, pero les abrió por un instante
intentando buscar al otro, no sabía si este había partido o continuaba a su
lado y no lo supo puesto que no pudo mantenerlo abiertos por más de un par de segundos. El dolor y
terribles punzadas habían alcanzado ahora su propia vista. Irremediablemente moriría, después de todo
eso ¿Quién sería capaz de sobrevivir? Pero aún en aquella situación anhelaba
vivir, con cada parte de su dolorido y a punto de expirar ser deseaba continuar
su búsqueda.
Fue en
sólo segundo en que todos y cada uno de sus órganos internos se contrajeron tan
violentamente que un grito profundo se le escapó, incluso sus huesos tronaron
como se hicieran añicos.
¿Era
el final? Sí lo era, sus manos se dirigieron a su pecho casi inconscientemente,
buscaron hasta hallar el dije que hace años colgaba de su cuello. El hombre que
había amado se lo entregó cuando cumplió veinte años, le dijo que ambos (tanto
el dije como él) eran lo más especial en su vida, significaban lo mismo ahora
para él, el hombre desaparecido y ese dije significaban todo. Apretó con sus
débiles manos aquel artefacto, mientras podía sentir como su corazón se detenía
más y más, hasta que sus latidos se volvieron erráticos.
Abrió
los ojos por última vez, antes de que su cuerpo colapsara por completo, esta
vez no pudo resistirse más a ese reclamante sueño que le llevaría a su muerte.
Una imagen distorsionada era lo último que sus ojos habrían visto.
Tuvo
un sueño, no encontraba las palabras precisas para describirlo, puesto que todo
en el era confuso, pero extrañamente le consideraba hermoso, cálido, todo a su
alrededor le hacía sentir cómodo, como si cada pieza estuviese colocada en su
justo lugar. Era un mecanismo que funcionaba a la perfección, y a diferencia de
otras cosas en esta vida, ese sueño era hermoso porque era perfecto y
viceversa, se encontraba tranquilo en ese momento, tanto como nunca antes lo
estuvo.
Su
alma habían alcanzado tan excelso nivel de paz que se dejó caer con suavidad en
medio de aquel lugar, cerró sus ojos y pronto Morfeo le acurrucó entre sus
brazos. Entonces despertó…
Sus
parpados se levantaron lentamente, para su sorpresa su visión había mejorado,
ya no le ardían los ojos, ni veía distorsionadas imágenes de los objetos que le
rodeaban. Más que simplemente mejorar su visión se había tornado en algo
distinto, podía ser capaz de notar a detalle cada objeto que miraba con sólo
darle una rápida mirada. Fue hasta que se reincorporó sentándose sobre el suelo
que notó que no había muerto, o al menos eso era lo que parecía.
Tocó
su pecho, piernas, brazos y cabeza, como si intentara comprobar que todo estaba
en su lugar, y todo lo estaba. Pero se encontraba completamente extraño, no
sólo era su visón, sino también su tacto, como si tal sólo con el roce de sus
dedos pudiera descifrar los ocultos secretos entre las hebras de su ropa, la
textura suave o áspera de aquello que tocaba. De un momento a otro le asaltó el
dulce olor de mermelada de fresa casera recién preparada, asomó su cabeza un
poco fuera de aquel corredor miró la casa más cercana, era imposible que antes
hubiese percibido aquel aroma que ahora con seguridad sabia que provenía de ese
lugar.
Estaba
un poco confundido, pero creía saber que había sucedido, aunque no exactamente
¿Por qué? Volvió a sentarse, esta vez recargando su espalda contra uno de los
muros de aquel sitio, recogió sus piernas contra su pecho y se perdió de nuevo
en sus pensamientos al tiempo que cada célula de su cuerpo le hacía notar su
nueva vida, fuerza y vitalidad. Cada centímetro de si mismo se sentía
extrañamente renovado con una fuerza indescriptible.
Sólo
algo tenía por seguro, aún podría buscarlo y si ese hombre seguía vivo aún
podría verlo y decirle cuanto le había amado, una suave sonrisa se formó en sus
labios, mientras dejada reposar su cabeza sobre sus rodillas.

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